Los Ángeles existen. El milagro de su naturaleza y registros

¿Qué y quiénes son los Ángeles?, ¿Cómo podemos comunicarnos con ellos? Cómo son y como se han presentado en la historia del hombre. Conozcamos su esencia y sus mensajes divinos, como un milagro en la naturaleza. En el sentimiento y en la mentalidad de la época moderna, los Ángeles son considerados un tema delicado. Quien desee saber qué son y el puesto que ocupan en el cristianismo, debe olvidar casi todo lo que el arte de los últimos cinco o seis siglos ha producido (concretamente, el arte devocional «industrializado»), y dejarse iluminar por el Antiguo Testamento.

Los Ángeles, como mensajeros, en la Biblia sagrada. Percepciones de la Iglesia católica

Allí se inserta, por ejemplo, en la vivencia, en la palabra, en la atmósfera del relato de la lucha de Jacob (Gén 32, 22-31). En donde el que asalta -el solitario nocturno- es «un Hombre»: terrible, fuerte, poderoso en la bendición, envuelto en el misterio. El es «el Angel del Señor”, cuya naturaleza no puede ser asida; una creación finita, no obstante, como aparece en el versículo 30; y en cierto modo, el mismo Dios. No se le puede considerar, pues, simplemente «un Angel”, puesto que en cierto sentido no es todavía el prototipo; ya que en todos los Ángeles aparece la misma majestad de Dios. No vienen por su propia iniciativa, sino que en ellos viene y obra Dios. Los Angeles son «mensajeros» en el sentido formidable que, en cierto modo, tiene Aquel que los envía. Cuando esto sucede, se une el Santo y el Terrible, el Formidable y el Glorioso:

-«Tres hombres» entraron en la tienda de Abraham y uno de ellos era el Señor (Gén 18).

-El Angel del Señor esparció la peste sobre el pueblo y la ciudad, pero es Dios quien obra (2 Sam 24, 15-16).

-Un Angel está con la espada desenvainada delante de Josué y le ordena quitarse el calzado de los pies delante del Santo (Jos 5, 13-15).

– Hay Angeles circundando el trono de Dios en la gran visión de Isaías: los Serafines del cielo prorrumpen incesantemente: “Santo, santo, santo es el Señor, Dios de los ejércitos”, de manera que por el inmenso grito tembló el cimiento del templo (Is 6, 1-4).

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En el Nuevo Testamento se atenúa la naturaleza tremenda de los Ángeles. Pero cuando el Arcángel Gabriel aparece a Zacarías cerca del altar del incienso (Lc 1, 11-13), o con María (1, 26-38); cuando un Ángel está delante de los pastores en el campo y «la gloria del Señor resplandece en torno de ellos” (2, 9); cuando en la mañana de Pascua el Angel, con el rostro resplandeciente, mueve el sepulcro y aparece a las mujeres (Mt 28, 2-5), resuena siempre como su primera palabra: “No teman”. El hombre no pudo soportar la visión del mensaje celeste, y sólo su palabra le da fuerza.

Después, en el Apocalipsis, los Ángeles retomarán el aspecto de una fuerza excesiva:

– Delante del «libro de los sellos» está un “Angel poderoso que clama con gran voz” (5,2).

– Otros cuatro estaban en los extremos de la tierra y dominaban al viento (7, 1);

-Siete estaban delante de Dios con trompetas de oro, las cuales retumbaban llenando el mundo de infinito terror (8, 2ss). Uno se acercó al altar con un recipiente de oro, lo llenó con brasas de fuego y lo arrojó sobre la tierra (8,5).

Vino después el más poderoso, «el cual descendió del cielo envuelto en una nube, con un arcoiris sobre su cabeza, su rostro como el sol y sus pies como columnas de fuego; puso el pie derecho sobre el mar y el izquierdo sobre la tierra y gritó con gran voz, como cuando ruge el león» (10 1-3).

Caracteristicas esenciales y sus representaciones

Los Angeles tienen en sí la medida de su existencia y su campo de acción supera al del hombre. Por esto, la figura humana es inadecuada para representarlos, y cuando esto ocurre los reducimos a una figura viril; esto no sólo en razón de su fuerza, sino porque así serían ordenados a la esfera pública de la existencia humana: el mundo como obra de Dios, la historia de la salvación y la existencia humana en cuanto reino del Altísimo. Así serían coadjutores en la obra del mundo, sirviendo al santo señorío de Dios, guerreros del ejército del Rey del universo. Su misma figura sería corrompida al substituir al elemento privado, sentimental (sobre todo con la sentimentalidad erótica) y no resultarían sino sólo seres sensuales, a veces hasta penosos (de los cuales está repleto el arte moderno).

El Ángel es espíritu; solamente espíritu; incorpóreo, pero no en el sentido de enemigo del cuerpo. La Verdad, el Bien, el Orden y la Belleza, determinan su mismo ser. El es «luz» y «llama»; para él no existe límite de espacio ni de tiempo. Toda altitud, profundidad y amplitud del pensamiento y del ser, son el ámbito en el que él está presente. Él sale, penetra, traspasa. Y esto se expresa así en él: el Ángel es lo que él quiere.

Su “mundo» significa la universalidad de lo creado; así y entonces, el Ángel pertenece al mundo. Los Ángeles son, pues, aquellos seres de altísima naturaleza que en su ser incomunicable son tan inalcanzables del hombre como (no diremos del hombre con respecto del animal, puesto que hombre es espiritual y en esto se asemeja por naturaleza al Ángel), por ejemplo, el genio, su vida y su creación lo son del hombre ignorante y obtuso. En comparación con el hombre, ellos son naturales delante de los cuales la palabra «Dios» brota irresistiblemente de los labios.

Presencias angelicales, como arquetipos, en las escrituras

Al mismo tiempo parece haber una relación con la creación en cuanto totalidad: una capacidad de visión total, de penetración y de gobierno, para significar la teología cristiana e ir a la filosofía de la idea. Según esta concepción, los Angeles serían, por así decirlo, arquetipo del ser, prototipo vivo y fuerza original irradiante, determinada, influyente. Esto se expresa en la teoría neoplatónica del origen; según la cual, está puesta al servicio del Creador como «inteligencia», determinando significativamente a movernos ontológicamente a la esfera celeste.

Diciendo que el Angel es sólo «espíritu» no es, sin embargo, lo esencial. En cuanto espíritu, él pertenece a la creación y no constituye el elemento más alto; con esto, aún no forma parte del reino de Dios. Como puro espíritu, el Angel no tiene nada que hacer con respecto del hombre (para servirnos de nuevo de la imagen ya evocada, como el genio y su mundo están en relación con el hombre ignorante y obtuso): esta es casi una región inexpugnable de la existencia sobrehumana. De este Angel la Escritura no habla.

San Agustín dice de él que, se encuentra en “una vaga suspensión de informidad espiritual”, y esto es un “oscuro caos”. Así era el Ángel en aquel instante, impensablemente breve «después» de su creación por parte de Dios y «primera» decisión de cara a Dios.

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Los Ángeles en el antiguo testamento

El Angel del cual habla la Escritura es el del amor, el de la fe y de la obediencia, «si se ha convertido a Aquel de quien toda vida e iluminación provienen y convertido en vida bella, cielo de los cielos”. Así habla San Agustín en el mismo lugar (Confesiones, 13). Sólo ahora posee aquél carácter de virtud del cual, según la revelación, tiene ahora relación con el hombre, y propiamente con cada hombre, tanto como con el menos genio, como con el más obtuso. Solamente ahora él es “santo» y no en virtud de una propia «deicidad», sino en virtud de la gracia por la cual él participa de la santa vida de Dios, lo contempla, lo ama, lo sirve. Solamente por obra de esta gracia y el soplo del Espíritu Santo, él se convierte en «espíritu» -no el de los poetas, de los filósofos, de los estetas y, del tiempo que sea, de los «snob» de la religiosidad, sino el de los hijos de Dios: espíritu del Espíritu Santo, espíritu religioso.

La fuerza de esta santa espiritualidad; la fuerza de este contemplar, amar y celebrar; el impulso de este dinamismo formidable, con el cual secunda al «Espíritu Santo” que «penetra todas las cosas, hasta la profundidad de Dios” (1 Cor 2, 18); todo esto se expresa en él, como en la luz, el ardor y en la belleza del Angel.

La degradación de la figura angélica, que acabamos de ver, ha comenzado rápidamente. Si tomamos el arte figurativo como expresión de los aspectos dominantes del modo de sentir y de representar las cosas, encontramos en el mosaico paleocristiano el modelo de una representación correspondiente a la naturaleza del Angel. El cual es visto en su grandeza y plenitud divinas.

El sentido de lo terrible del Antiguo Testamento, es suavizado por una calma adorante; la figura, sin embargo, es del todo sobrehumana. Puesto que se trata de imágenes sagradas de una época de la vida religiosa -al menos en cuanto se encuentran en el ámbito de la Iglesia-, eran esencialmente determinadas por la liturgia. Ella contenía un carácter hierático, acentuado por el rigor del ceremonial de la corte bizantina. Esta es totalmente dominada por la rigidez contemplativa, expresión del recogimiento más in tenso, de absorta visión, de amor y de alabanza. Estos Angeles están delante de Dios. Su animación es toda interior, similar a la que vibra en las imágenes de la divinidad y del rey gobernante del arte egipcio.

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La figura del Ángel en el arte. Giotto, Dante, Rembrandt

Así, es motivada por esta gran calma, llena de la presencia y del estremecimiento del ser. La vida se presenta más activa; el movimiento, primer contenido, ahora irrumpe, tendiendo hacia lo alto. Como el primitivo gobernar de los dioses y del rey llega a ser algo unido, una posición transito ria entre los dos movimientos del ir y del venir, así en los Angeles la rigidez erecta hierática y el gesto sacral se disuelven, y la figura asume un movimiento puramente transito rio. Quizá esta fase comienza en el arte románico y dura hasta Giotto, amigo de juventud de Dante. Sus Angeles son ahora misteriosamente grandes; sin embargo, han abandonado la rigidez hierática para pasar al dinamismo.

En los cuadros de Grüne-wald éstos se mueven más impetuosamente, más llenos de ardor espiritual. Los Ángeles del Greco y de Rembrandt aparecen ya, en gran medida, con determinación psicológica, mientras las imágenes primitivas de los Angeles carecen de psicología y son solamente realidad, verdad, fuerza y luz; viniendo ya ahora de las regiones de la visión.

En la mayoría de los demás artistas, por el contrario, su figura es hecha toda terrestre y «natural», no obstante el sentimiento religioso que ha intentado infundírsele. En el mejor de los casos son hombres devotos o figuras de leyenda; así, sin embargo, no alcanzan más de lo celestial, del misterio del sagrado Pneuma. Contemporáneamente, su imagen es hecha siempre más graciosa, sensible, pequeña y gentil; por no hablar de la ambigüedad del barroco y del rococó. El único arte en el cual se ha conservado esta gran tradición es la del icono oriental; aunque parezca, a veces, penetrada de una cierta corrupción, o sea, de un singular amaneramiento barroco, propio del esquema ornamental rígido.

Junto a esta tendencia (que ha reducido el Angel a una figura puramente terrena) nos ha aparecido una segunda, que ha traspuesto la figura del Angel en una entidad mitológica.

Los Ángeles en la mitología, poesía y más arte

Al prescindir de sus primeras apariciones en el mundo de las cortes y de los doctos del Renacimiento y del Iluminismo, el primer paso decisivo ha sido dado ya sin duda desde Holderlin. En él, los Angeles aparecen, de nuevo, con una grandeza inquietante y siempre referidos a la historia del país, de la ciudad, de la tierra natal: como “Angeles de la patria». En esto aún continúa el primer elemento bíblico de la profecía (véase por ejemplo el ángel del reino de los Persas, Dan 10, 15) y del Apocalipsis, pero su significado está del todo inserto en el mundo, en la inmanencia. Ellos son los héroes divinizados de la historia patria, a la cual están íntimamente ligados como modelos y divinidades tu telares.

Sobre esta vía de la mitología va más de un siglo desde R.M. Rilke. En su poesía, especialmente en la de los últimos tiempos, y sobre todo en la «Elegie Duinesi», sobresale continuamente el Angel. Pero cuanto más grande es su figura, tanto más claro es que eso «no tiene nada que ver con el Angel del cielo cristiano». Este es, sobre todo, «el ser que garantiza reconocer en lo invisible un grado superior de la realidad”. Estos Angeles están dotados nuevamente de energía divina, grandes, y su majestad luminosa es mortal para el hombre, pero éstos ya no están más en relación con el Dios vivo de la Escritura y con la gracia. Si pudiéramos decir que han sido hechos en el «instante» en el cual aún eran decisión de Dios y, así, que sean considerados solamente como naturaleza más alta. Mientras que para la conciencia común el Angel está aún ligado a la Revelación, de modo que la cultura ajena a la Revelación debería necesariamente ignorar también al Angel.

Esta nueva poesía -en su esencia- es abíblica, al poder considerar de nuevo en sentido positivo la figura angélica, pero simplemente como seres de este mundo: Hölderlin como fuerza de la historia; Rilke como garante de la totalidad integra de un mundo que acoge en sí y en una gran unidad al visible y al invisible, y es «sólo así salvado e integrado».

Necesariamente es permitida la suposición que encontramos delante de una brecha abierta del polimorfismo religioso en la conciencia cristiana de ir hacia una región en donde emergen nuevos «dioses»; de «allá», en un cierto modo, «a la otra parte”, mientras que en otro lugar, el “por aquí», de nosotros; y es allí en donde nace el Superhombre o el hombre-Dios, como anunciaron Kirillov en Dostoievski y Zaratustra en Nietzsche. Estos Ángeles son deidades y su sola función es la de ser el Todo o Total que en sí constituye la realidad, el mundo; el cual no tiene necesidad del único Dios porque está lleno de deidades, y éste es más que divino.

El cristianismo y los Ángeles de las Escrituras

He estado observando que en los Angeles de las Escrituras, como también en los de la teología y en los de la tradición popular, están contenidas representaciones ajenas al cristianismo. Estas (siendo críticos desde el punto de vista de un purismo antihistórico que pretenda afirmar una cristiandad pura, ni pensable ni actual en realidad), son consideradas como aportaciones de elementos de este mundo como una corrupción. Es verdad, sin embargo, lo contrario: Lo que viene de Cristo debe ser «simiente» y «levadura”. Esto significa que debe acoger en sí la substancia de este mundo, compenetrar la realidad terrestre, para que la esencia del cristianismo no sea cambiada. Pero no con dificultad va perdiendo, en seguimiento de una vivencia (como la que ahora se describe), la medida de aquella justa aportación terrena que en la fe está contenida en cada concesión cristiana, y el mundo ha tomado la delantera; en la cual los elementos extracristianos que han venido, están entrando a través de tales concesiones en la «plenitud de los tiempos»; y habían sido bautizadas, asumidas con otro carácter: seamos de nuevo paganos. «De nuevo» paganos significa que este paganismo tenga un sentido diverso al del Adviento.

Ahora, en esta representación angélica, divinidad asiria, persa o india, se puede realmente comprar un poder, cuya influencia sobre el alma, privada de dirección y de es incalculable.

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